Literatura y poder

(Estrategias discursivas)

Una pregunta inquietante: ¿dónde está Cervantes?

En 1612, la embajada del duque de Mayenne (el Humena de las Relaciones españolas) llega a la corte de Madrid. La comitiva está formada por doscientas personas de distintos rangos de la nobleza de espada o de oficio. Son muy diferentes, pero algo los une claramente: pertenecen al bando favorable a la alianza con la corona española, algunos son incluso hispanófilos convencidos y hasta, para mejorar su castellano, han contratado un profesor antes de encaminarse en el viaje[1].

Uno de los primeros intereses de algunos de estos miembros de la comitiva es visitar al autor de la obra que está de moda en París y que ha sustituido el interés de los Amadís y los Esplandián, de los arcádicos pastores de Lope y de los caballeros abencerrajes y moriscos de Pérez de Hita: don Quichotte se ha convertido en un personaje literario con vida propia y ellos se lucen incluso de haberlo leído en castellano[2]. Después de la moda caballeresca española de finales de siglo, del orientalismo, la pastoral y la novela bizantina[3], el caballero andante compite con los personajes de la picaresca, que también triunfan en la corte.

En la entrada, los nobles franceses, en su mal español, interrogan a los caballeros que han acudido a recibirlos y que los acompañan por las calles de la villa-corte[4]. Parece que estos no comprenden la pregunta o ellos se expresan mal, echando las culpas a los fallos del profesor que escogieron. ¿Dónde está Cervantes?

La búsqueda sorprende a los españoles a los que preguntan, que muestran las maravillas de la ciudad, sus templos y sus conventos sobre todo pero que, naturalmente, se niegan a acompañarlos para visitar a un personaje al que la mayoría no conoce y el resto no saluda por la calle. Al día siguiente, los lacayos de la casa donde están hospedados les indican el barrio donde vive el autor de su amado don Quijote y pueden tratarlo por fin. Se ha trasladado recientemente con su hija Constanza al número 18 de la calle Huertas, frente a las casas del príncipe de Marruecos.

La sorpresa por el estado en que encuentran a su autor preferido, un pobre hidalgo cargado de deudas, es mayúscula. ¿Así tratan en España a un autor tan reconocido?



[1] Juan de Luna da su versión de esta pasión por expresarse bien en castellano al recomendar su gramática y vocabulario español: “Adviertan no les suceda lo que a algunos caballeros franceses que fueron con el duque de Mena a España con una embajada, los cuales habiendo seis meses antes que partiesen de París escogido un maestro a su parecer idóneo para enseñarles la lengua española, el cual trabajaba día y noche en ello, y ellos noche y día en aprender, habiendo pasado seis o siete meses en continuo estudio, creyendo los buenos señores que cuando llegarían a España se admirarían todos de ver que gente forastera hablase tan bien, experimentaron que en lugar de admirar, hacían reír a los que oían su mal acento, peor pronunciación y malissima frasi. Yo vi alguno dellos después de haber tornado de España, a quienes costó más el desarraigar el mal hábito que si hubieran comenzado de nuevo”.

[2] Después de la aparición del Quijote en 1605, el libro circulaba por París en castellano aunque la primera traducción francesa sería realizada por César Oudin en 1614. César Oudin, intérprete oficial del rey respondía así a una demanda creciente, un año antes de la aparición de la segunda parte en castellano. Esta fue traducida con mayor rapidez y ya en 1618, François Rosset presentaba la segunda parte en francés. Esta traducción sigue siendo la actual oficial, ya que tiene un sabor de época innegable, previa la adaptación de ciertos arcaísmos por Jean Cassou (1934) en la colección de La Pléiade y Folio Gallimard. Esta traducción es mucho más respetuosa con el original, con el que comparte la época y el espíritu, que la otra versión oficial (Flammarion), la de Louis Viardot (1836), alterada por el romanticismo francés del XIX y que influiría en los grabados de Gustave Doré sobre el tema.

[3] GONZÁLEZ ROVIRA (1996), La novela bizantina en la edad de oro.

[4] Ambrosio de Salazar se asombraba de que en el París de 1612, un tercio de los cortesanos franceses hablaba castellano y, la mayor parte, sin haber estado jamás en España, mientras que entre todos los españoles de la embajada del duque de Pastrana, enviada a Francia en 1612 para la conclusión de los casamientos, no se habría encontrado seis que hablasen francés.

 

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