La historiografía

Historia de la historia de 1615

Introducción a  la Historia de la historia que trata de la bodas reales de 1615

En el siglo XVII, tres cambios favorecerán la publicidad de los matrimonios reales convirtiéndolo en un objeto historiográfico:

a)     El matrimonio generalizado con princesas extranjeras (exteriores a la familia real interna al estado) convierte al matrimonio real en un hecho del que debe informarse a las restantes cancillerías europeas, que debe tener un determinado ritual de estado y que necesita una justificación política.

b)     La extensión de la reforma católica, al convertir el matrimonio en garante de la continuidad religiosa de la familia, focaliza una gran atención en el matrimonio real como ejemplo (“lo que hace la cabeza, lo debe imitar el cuerpo”, dicen los predicadores de las bodas). Además, las princesas católicas, comenzando por Ana de Austria, exigían el cumplimiento de los ritos de Trento en su enlace. La boda real se convierte en un asunto religiosamente trascendente que debe ser publicitado.

c)      Entre el público, la simpatía ya comprobada por las fiestas reales de los enlaces provoca una petición de impresos ocasionales sobre los mismos que abre un mercado editorial inédito. Se gesta un acuerdo fructífero entre la necesidad del poder monárquico de utilizar las bodas reales como parte de la publicidad monárquica, y una demanda creciente de productos impresos sobre las bodas reales[1].

Los matrimonios reales de 1615 tienen, sin embargo, una intensa pero corta vida publicitaria: los dos impulsores de los mismos, el valido duque de Lerma y la regente María de Médicis, son apartados del poder por sendos golpes de estado en 1617 y 1618. Paradójicamente, dos de los libros que estudiaremos, salen publicados cuando ya no tienen ningún sentido publicitario. Posteriormente, asistimos a una nueva edición de libros en la coyuntura de 1627, ya que los matrimonios son destacados como garantes de la neutralidad francesa en la Guerra de los Treinta Años, pero quedan eclipsados definitivamente en 1635 con la declaración de hostilidades entre los dos países que duraría veinte años.

Las apologías de la nueva regente, Ana de Austria (1643-1659) no destacan su papel como infanta española sino como madre del rey. En la corte de Madrid, aunque se realizan libros laudatorios tras la muerte de Isabel de Borbón, la desaparición del heredero Baltasar Carlos, provoca un nuevo casamiento real con la rama austriaca.

En 1659, de nuevo aparecen textos que recuerdan e historian los matrimonios de 1615. La Paz de los Pirineos, fin de más de veinte años de guerra entre Francia y España, trae consigo un nuevo enlace real de dos príncipes fruto de aquellos matrimonios y por tanto, primos hermanos por dos veces: Luis XIV es hijo de Ana de Austria y María Teresa lo es de Isabel de Borbón, las dos princesas de 1615. La diferencia es que la infanta María Teresa no es garante de la paz (como lo intentan destacar los textos españoles) sino consecuencia de la paz (como lo indican claramente los textos franceses).

Los textos oficiales para regular las ceremonias en ambas cortes son dos libros publicados con ocasión de aquellas bodas de 1615: el de Godefroy y el de Mantuano (ambos los estudiaremos en el capítulo del ceremonias). Se da la orden oficial – en ambos países -, de que el desarrollo de las bodas se atenga a lo que narran estos textos. Las ceremonias deben ser idénticas a lo que sucedió en 1615.

Desde ese momento y hasta la muerte de Carlos II en 1700, los matrimonios reales de 1615 son un arma de la polémica que se instaura en Europa por la sucesión española, de los sucesivos repartos que se planifican, de la guerra de devolución donde Luis XIV reclama la dote incumplida de María Teresa, y de la aparente solución final con el último testamento de Carlos II que instaura la dinastía borbónica en España y  lleva a una larga guerra de sucesión. Es decir, una disputa que afecta a toda Europa por la posesión del patrimonio real.

En el siglo XVIII, los libros de historia al tratar la diplomacia internacional señalan el caso español y las peligrosas consecuencias de los matrimonios reales para la estabilidad de Europa. Las cancillerías intentan prevenir nuevos conflictos – que se convertirán de nuevo en armados en la guerra de sucesión austriaca – mediante la imposición del modelo francés de sucesión patrimonial que deshereda a las hembras[2].  Los libros de historia seguirán tratando el tema del enlace real como sujeto historiográfico hasta la revolución francesa, momento en que se amplia el espacio público y se separa el patrimonio real de la hacienda pública.

Ya las corrientes ilustradas del siglo XVIII, que consideran al monarca como el primer funcionario del estado (el mayor servidor de la república en palabras de Voltaire), anulan la posibilidad de explicar cualquier hecho en razón de las alianzas matrimoniales. Los libros de historia comienzan a ordenar las dinastías reales con la única sucesión de varones (patrilinealidad excluyente) como si ellos tuvieran la capacidad de procrear reyes. Como en otros campos, la reina es afectada por la desaparición general de la mujer de los libros sobre la historia nacional que propugna la historia ilustrada y cuyo ejemplo más preclaro es Voltaire.

En este siglo se produce también la separación radical entre lo público y lo privado.  Los tratados que defienden la excepcionalidad del matrimonio real con respecto a este tratamiento muestran que se encuentran a la defensiva, frente a una teoría que se está imponiendo en la sociedad. El matrimonio, cualquier matrimonio, se convierte en un asunto privado como señala la propia legislación y los textos de derecho civil, aunque la realidad es que las familias siguen considerando el matrimonio como una alianza y lo seguirán haciendo los industriales del siglo XIX.

Los libros conmemorativos sobre las bodas reales que se suceden en el siglo XVIII son utilizados para la propaganda ‘popular’ del acontecimiento, que se revela muy efectiva pero sus datos y el desarrollo de los acontecimientos se convierten en incomprensibles, e incómodos para el historiador que trabaja en un esquema andro-público-céntrico.

¿Por qué y cómo se va imponiendo un sistema de poder público cada vez más androcéntrico? En el siglo XIX, la historiografía romántica y la reconstrucción de la historia para servir de base al estado-nación declara una guerra a los matrimonios reales como sujeto historiográfico (lo convierte en objeto de la historia menor). Los matrimonios reales como sujeto historiográfico son peligrosos, ya que ponen en duda  puntos fundamentales del nuevo entramado teórico y, sobre todo, el punto nodal del mito fundacional del estado-nación como acuerdo de una comunidad viril ideal (un espíritu de los pueblos) que crea una unidad de destino indivisible. El destino de los pueblos no puede depender de unos matrimonios reales que los unieron casualmente.

La actitud de los historiadores ante los matrimonios reales es agresiva, despreciativa (unida a una xenofobia creciente ante esa sucesión de princesas generalmente extranjeras) o teleológica: el matrimonio real es consecuencia, y no causa, de la unión de los diversos reinos que formarán al final la nación. Son los pueblos quienes fuerzan a sus monarcas a una unión que estaba prefijada por la historia.

En el caso de la ruptura posterior (uniones de monarcas que no abocan al estado-nación), el matrimonio real se utiliza como prueba de su inutilidad  cuando los pueblos no desean la unión (por su carácter natural lo que convierte a estos matrimonios en antinaturales).

La visión de la reina, de las sucesivas reinas y, sobre todo, de las reinas y regentes extranjeras, sufre una carga negativa considerable que hace desaparecer su función – evidente en cualquier estudio de la edad moderna [3]-  o la hace aparecer como nefasta. Todos los males nacionales vienen por el capricho y la incomprensión de estas figuras femeninas que dominaron maridos e hijos en beneficio de intereses personales, antes que los propios del bien público. La invisibilidad general del papel de la mujer, y de la reina, en la edad moderna, se coordina con esta aparición para explicar sus acciones contra los intereses nacionales. La reina representa la degradación femineizadora del espacio viril público.

En este momento, es interesante la coincidencia en Europa de una generación de políticos historiadores en puestos claves del gobierno y con una clara intención de renovar la historia en un sentido nacional conservador. Estos políticos son los últimos que tratan los matrimonios de sus respectivas familias reales como asunto de gobierno – enmarcados ahora en una tratamiento diplomático como tema de estado –,  a la vez que ubican el matrimonio real en los libros de historia que realizan o encargan realizar.

Al mismo tiempo, se produce una adaptación de los matrimonios reales en función de la potencia hegemónica del momento (que en el XVI-XVII fueron los Habsburgo y en el XVIII los Borbones), representada por la casa real británica: la nueva dinastía de los Sajonia-Coburgo-Gotha que sucede a la también alemana de Hannover con la reina Victoria I[4]. Al final del siglo XIX, todas las casas reales europeas se encuentran en la órbita matrimonial de la familia real inglesa.

Esta historia provoca, estratégicamente, un renovado interés historiográfico por los matrimonios reales sucedidos entre España y Francia durante el siglo XVII. El motivo es una niña de diez años a la que se pretende casar: la reina Isabel II de España.

La crisis de 1843, entre las casas reales Británica y Francesa, después de la entrevista del castillo de Eu, es reveladora: el casamiento de la reina de España Isabel II (10 años) y su hermana, la infanta Luisa Fernanda (7 años), provoca un problema en las cancillerías europeas parecido al caso portugués de 1836, con la reina de Portugal María II. Cinco años después, la guerra matrimonial  parece haber sido ganada parcialmente por los Borbón Orleáns.

El 20 de enero de 1847, el canciller de Francia en sesión oficial de la cámara de pares lee : « El casamiento de vuestro bien amado hijo el duque de Montpensier con vuestra bien amada sobrina la infanta de España Luisa Fernanda se ha venido a añadir a las satisfacciones y consuelo que la Providencia os ha acordado en vuestra augusta familia; saludada con alegría por dos pueblos independientes y amigos, esta alianza contribuirá a conservar entre Francia y España esas buenas e íntimas relaciones conformes a la tradición de los dos estados, y tan deseables para su prosperidad y su seguridad recíprocas ». El parágrafo es puesto a votación y aprobado al día siguiente, 21 de enero de 1847.

El doble casamiento español había terminado pero las consecuencias serían más importantes que lo que las palabras protocolarias del canciller de Francia dejaban anunciar. El gran artífice de los matrimonios era el ministro de Asuntos Exteriores e historiador, François Guizot[5]

Guizot, catedrático de historia moderna de la Sorbona desde 1812,  pertenece a una generación de políticos profundamente preocupados por la historia, por la publicación de documentos originales – seleccionados perfectamente –, por la aplicación del positivismo en la lucha contra el romanticismo liberal – mucho menos científico, por cierto – y por la construcción de una idea de nación conservadora que propugnan descaradamente con estrategias de control de cátedras y academias – expulsiones incluidas -, de subvenciones y de publicaciones pagadas. Son políticos e historiadores, Thiers, Cánovas[6] o Disraeli. También, como ellos, Guizot es uno de los últimos estudiosos de los matrimonios reales desde una visión política. Por eso, no es extraño que, retirado forzosamente de la política, realizara un libro sobre el matrimonio y el amor de gran éxito popular en los ferrocarriles de la época[7].

 



[1] La prensa del corazón actual sigue las estrategias y la seducción del público que se practican en este tipo de ocasionales, ver MORENO SARDÀ (1998), La mirada informativa. 

[2] España y Austria adoptarán la ley sálica incluso a pesar de que las dos nuevas dinastías, Borbones y Lorenas, han logrado el poder gracias al derecho de las hembras a suceder en el trono.

[3] BARRY (1932), Les droits de la reine sous la monarchie française jusqu’en 1789.

[4] Los Coburgo-Gotha serán utilizados por la cancillería inglesa desde la elección forzada en 1831 del tío de la reina Victoria como rey de los belgas. Ocupan el trono de Portugal (1836) con Fernando, rey consorte de Maria II de Braganza, En 1840, la reina Victoria se casa con su primo Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha,  cuyo hermano Fernando será elegiod rey de Bulgaria en 1887 y Carlota, hija de Leopoldo, será emperatriz de México en 1864. La reina Victoria, a través de sus hijas y nietas, convertirá a todas las monarquías europeas en parientas suyas por casamiento practicando la última política premeditada de casamientos reales en occidente. La I Guerra Mundial provocará el cambio de nombre de la familia real inglesa (Windsor) y el fin aparente de esta polítcia matrimonial europea (vuelta al casamiento interior con nobleza local). 

[5] GUIZOT (1846), Discours prononcés par M.Guizot, ministre d’affaires étrangères, de 1840 à 1846 sur les relations de la France et de l’Espagne, 10 juin 1845, p.88-89.

[6] « Hay que convenir en que, si toda esta bibliografía espléndida y numerosa es el resultado del movimiento que hacia la investigación de las documentaciones originales, principalmente en los archivos de Estado, se inició desde el impulso que en toda Europa produjo la reacción contra la literatura revolucionaria y bonapartista de Francia durante el breve reinado de la casa de Orleans en este país, en lo que a España toca, fue a Cánovas, desde tan juvenil edad, al que correspondió tomar sobre sí la representación nacional de todo este movimiento. La Historia de la decadencia, en realidad, fue su ensayo; pero ella le sirvió a él mismo de acicate para sus posteriores exploraciones propias, a la vez que de palanca para la escuela de prosélitos que de aquí surgió. Nuestras siempre desoladoras divisiones y contiendas políticas han sido la causa eficiente para que este movimiento regenerador se haya entibiado; pero como cada día se siente más la necesidad de reanudarlo por nuestra misma gloria y por nuestro propio estímulo, la semilla que se arrojó a la tierra hace cerca de sesenta años, algún día ha de convertirse en espigas de recompensa. Esa esperanza nos alienta a todos los que amamos la patria por la patria; y cuando el vergel preparado se cubra de flores, todos habrán de reconocer que el primero que hendió con su reja la tierra esterilizada par la inercia de dos siglos fue el ilustre autor de la Historia de la decadencia de España en 1854 », », PEREZ DE GUZMAN, Introducción a CANOVAS, Historia de la decadencia de España, p.XLV-XLVI.

[7] Será publicada por la Bibliothèque des chémins de fer,  GUIZOT (1855), L’amour dans le mariage.  

 

Materiales de historia es una web de investigación en ciencias sociales basada en trabajos de José María Perceval