Ceremonia

(rito y jerarquía)

Metodología:

de estudiar las normas del ritual a analizar las prácticas del ceremonial[1]

“Siendo los lis de origen celeste, dejan sin embargo su raza inmortal en la tierra, como ella está en los cielos, perpetuándose en nuestro Luis XIII, que reina hoy día (‘à présent regnant), que Dios conserve y defienda, que del mismo linaje nos hace ver ya en sus jóvenes años este favor divino, y los efectos de las benignas constelaciones, que no quieren producir ningún designio siniestro, sino bien al contrario, felicidad y prosperidad para Francia en sus hijos bien amados nuestros reyes. Dios quiera talmente conducir la vida y los años de este príncipe nuestro buen rey, que nuestros cánticos y deseos sean tan inmortales como su fama (renommée).... Que nuestro siglo os vea triunfar en Oriente, sobre los infieles y que los cuatro puntos del mundo sean marcados por las bellas lises inmortales de Francia”[2]

 

“Al traspasar el umbral de la puerta principal del Alcázar madrileño penetramos, de golpe, en un mundo o modo subjuntivo, esto es, aquel que viene regido por el deseo y la posibilidad; modo mágico de existencia en el que predomina la fantasía, el mito, el arte y la creencia; manera de vivir en la que reina, junto a su Majestad el Rey, la fiesta, el gesto simbólico, la máscara, el teatro, la ilusión y la irrealidad”[3].

 

El rey español Felipe II se enfadaba al ver aparecer un actor representando a un rey en una comedia. La anécdota, sea real o falsa, es señalada por Lope de Vega[4] y pertenece a una larga tradición de prevenciones sobre la representación del poder. El filósofo Platón consideraba subversivo que los actores interpretarán el papel de gobernantes[5] y en la China imperial o en el Japón Shogun estaba prohibido absolutamente este tipo de intervención teatral[6]. En España se planteó en repetidas ocasiones la prohibición unida en general a aprensiones contra el teatro y las personas que representaban a otros sin tener la legitimidad para hacerlo. En el caso del monarca, el problema se complicaba por la representación habitual de gobernantes malvados que podían ser considerados tiranos, lo que llevaba implícito la polémica sobre el tiranicidio[7], que se había provocado desde la publicación del libro de historia del padre Mariana a comienzos del siglo XVII[8]. En Francia, los ataques contra la representación real se extienden al teatro en general con estallidos polémicos cíclicos, uno de los cuales conmoverá todo el ambiente intelectual de París contra el Cid de Corneille, en plena guerra con España. En París, tratar el tema del tiranicidio se convirtió a partir de 1610 en un delito de lesa majestad: el libro de Mariana fue quemado públicamente en la Place de Grèves y la disputa prohibida oficialmente por el parlamento de París.

El rey representa al rey en todo momento, pero su papel debe ser natural, interpretarse sin teatralidad, oponerse claramente al teatro del tirano, que es un mal actor. La clave de todo este problema va unido al propio concepto de la persona o personas que se encarnan en el monarca, sea como ser humano perecedero, sea como representante supremo de un poder que se presume eterno. En esta época de comienzos del siglo XVII, donde las ideas absolutistas avanzan, el rey deja de ser un profesional de la política para convertirse en una persona que posee una esencia divina – aunque sea concedida por Dios del que es vicedios como dicen los textos bodinianos –, que se encarna en un cuerpo humano.

Sin embargo, en esta época justamente en la que se impone la idea del rey por encima de la ley humana, aparece una inmensa producción escrita que se dedica a enseñarle al rey cómo debe comportarse como monarca absoluto, se le aconseja que no se deje aconsejar por ninguno (una paradoja total), y se publican  manuales de ceremonias y ritos con normas a las que debe atenerse estrictamente.

La contradicción que se produce es enorme y choca con la realidad constantemente, estallando en conflictos muchas veces insolucionables cuando el rey no sigue el papel marcado por los consejeros áulicos y los ceremonialistas. La salida retórica es recurrir al mito mágico de la monarquía, indicando que el carácter divino del monarca hacía incomprensibles sus acciones a la inteligencia humana, o que en este comportamiento humano demostraba lo divino de su persona. 

La consecuencia de todo este proceso de sacralización del rey es que se produce un alejamiento progresivo e inevitable del monarca en ambos países (y no sólo en España como señala la historiografía española y francesa). Sus intervenciones públicas van desapareciendo a lo largo del XVII, tanto en España como en Francia, por la imposibilidad de contar con un dios viviente actuando continuamente bajo la crítica no controlada del público. Es mucho más práctico ofrecer a la población externa al palacio resúmenes escritos de su actuación – impresos controlados - o imágenes idealizadas de su participación en los actos propios del ceremonial real.

Al mismo tiempo aumenta la solución legal del ‘incógnito’ que permite ocultar al rey negando su presencia si se encuentra allí donde no debe estar un rey[9]. Se crea así una red de comunicación absolutamente pervertida por la que se dan noticias ideales, confirmadas por textos e imágenes impresas, y se niega la realidad cotidiana, confirmada sólo por los sentidos de los que han creído ver ilegalmente al rey.

En la corte española, este retraimiento real comienza con Felipe II[10] y se une al despliegue de una etiqueta pensada en principio para la divinización del monarca y su separación jerárquica del resto de la nobleza a través de la ritualización de sus actos más cotidianos: la etiqueta borgoñona, refrendada por Felipe III en 1603 contra los que pensaban en una moderación del ritual palaciego[11].

La intención de toda esta serie de obligaciones y tabúes de la etiqueta de Borgoña era aislar al monarca del resto de los mortales pero, al mismo tiempo, exhibiéndolo continuamente. Había nacido en los estados de los duques de Borgoña, soberanos por matrimonios y herencias de una suma de pequeños estados y carentes de dignidad real[12], donde sólo la etiqueta permitía distinguirse del resto de la nobleza a la que necesitaban para luchar contra sus poderosos vecinos.



[1] En ambos casos, nos interesa pasar de un estadio acumulativo (las ceremonias como historia de la ceremonia) o funcionalista (la adaptación de la ceremonia al momento concreto) a una historia de las prácticas que subsumen ambos caminos de interpretación. Este cambio de perspectiva metodológica nos permite contemplar la  ceremonia barroca como un juego de intereses para sacralizar el espacio del monarca, fabricado en los espacios de opinión pública (la propia ceremonia es un acto público o un ritual privado expuesto públicamente) y dependiente progresivamente de la noticia (o la produce o la conmemora).

[2] 1611. VARIN, Jean Philippe, Epistre au lecteur, Le sacre Throsne Royal des Roys de France depuis Pharamond iusqu’a Louys XIII, a present regnant, p.11.

[3] “Mundo extraordinario y liminal al que tenemos que acercarnos pertrechados de instrumentos simbólico-conceptuales específicos y de categorías politrópicas y semántico-icónicas si queremos captar la dinámica interna de la realeza o, más genéricamente, la conexión entre el poder y el ceremonial, o las implicaciones políticas de los símbolos culturales y, en último esfuerzo sintético, la imagen del rey, desde la naturaleza simbólico-sagrada del poder ritual”, LISON TOLOSANA (1991): La imagen del rey, p.15.

[4] LOPE DE VEGA, Arte nuevo de hacer comedias, p.1008-1009; FEROS (2002), “el drama del rey”, p.106.

[5]  Libro X de La República.

[6] SCOTT,1983, « The performance of classical Theatre », en MAKERRAS (cord.) Chinese Theatre : from its origins to the present day, p.137.

[7] Sobre el absolutismo monárquico en España y la oposición entre el teatro y los teóricos del tiranicidio, ver MARAVALL, BLECUA, SALOMON, “Del rey al villano: ideología, sociedad y doctrina literaria”, en RICO, Historia y Crítica de la literatura española, tomo 3, WARDROPPER, Bruce W., Siglos de oro: Barroco, p.265-275.

[8] De rege et regis institutione (La dignidad real y la educación del rey), (primera edición en 1599). El problema que soluciona el padre Mariana sin decirlo es que la dinastía Trastamara española basaba su legitimidad en un tiranicidio.

[9] El rey puede estar incógnito en ceremonias de su propia boda como hemos visto en el capítulo anterior, en fiestas y bailes, contemplando procesiones y entradas de las reinas – hecho frecuente en España -, incluso visitando prostíbulos. Esta costumbre creará un mito muy particular: al no estar el rey en ningún lado, puede estar en todos. Las supuestas apariciones del rey se extienden y cuentan con multitud de testigos crédulos como un mito fantasmático que se ha conservado hasta la actualidad.  ORTÍ APARISI (2002), Leyendas urbanas en España.

[10] ALVAR EZQUERRA (1989), “Aspectos de la vida diaria en la corte del rey de España”, p.91-118. 

[11] 1603. ETIQUETA DE PALACIO. Instrucciones para la Casa de la Reina dadas por Felipe III el 9 de julio de 1603. (Archivo de la Real Academia de la Historia, 11-4‑51 888/8). 1603. Etiqueta de palacio. Instrucciones para la Casa de la Reina dadas por Felipe III el 9 de julio de 1603 (Academia de la Historia, 11-4-5) copiadas de la Etiqueta y ordenanzas que el rey don Felipe II rey de las Españas mandó se guardasen por los criados y criadas de la Casa Real de la Reina nuestra señora. Dadas el 31 de diciembre de 1575 y refrendadas por el secretario de estado Martín de Gaztelu (Archivo de Palacio, Sección Histórica, caja 50, num.1); ver PALACIO ATARD (1984), “El ceremonial borgoñón y la exaltación mayestática del poder real”, p.11-14.

[12] Los duques de Borgoña procedían de la casa real francesa y se movían hábilmente en un doble vasallaje a Francia y al Imperio para poder mantener su poder autónomo en estados que eran frontera de ambos.

 

Materiales de historia es una web de investigación en ciencias sociales basada en trabajos de José María Perceval