MIRANDO ÁFRICA DE ESPALDAS AL CONTINENTE

José María Perceval

 

                                                                

Primera escena:

Una serie de fardos humanos se amontonan en un puerto del sur de la península. Amanece. Los hombres duermen, sin separarse de sus coches recién alquilados, donde se acumulan toda clase de bultos y asoman las cabezas de una familia numerosa. De vez en cuando, abren una lata para compartir en común o intentan encender un pequeño fuego, lo que provoca la rápida intervención policial. Son los emigrantes que, venidos de toda Europa, se acumulan como un embudo sobre estos pasos al continente africano. Monopolio, desidia y abandono provocan largas esperas por el ansiado billete. Hablan una jerga incomprensible y esperan pacientemente, en enormes colas delante de la oficina de navegación. Esta es la primera imagen juvenil que tengo de una situación repetida cada verano durante años y que, sólo más tarde, ya instaurada la democracia en España, entró en caminos de solución.

Segunda escena:

Un coche circula por una carretera andaluza. Dentro, varios intelectuales españoles discuten de los contactos entre la península y el Magreb. Se alaba encarecidamente el trabajo del Lebrijano con la orquesta de Tánger, unión de flamenco y ritmo árabe precedido hace tiempo de los ensayos realizados por Lole y Manuel con el grupo tunecino. Distraído por la conversación, uno de los participantes deja de mover el sintonizador de la radio del coche en el momento que alcanza una onda magrebí. Esta se oye diáfana debido a los efectos reflexivos del mar Mediterráneo. Automáticamente, en un gesto horrorizado y ante el comentario ‘quita eso’ de uno de los participantes, la mano del conductor baja hasta los mandos del aparato y, diestramente, lo sitúa en una onda 'normal'. La conversación continúa sobre la posibilidad de traer los coros y danzas de Tetuán en la próxima semana de amistad hispano-árabe (la anécdota me fue contada por los  profesores Fernando García Lara y Javier Fornieles, universidad de Sevilla y de Almería, respectivamente).

Tercera escena:

Un profesor universitario explica la extraña presencia de al-Andalus en la historia de España. Sus acentos se vuelven líricos al evocar la cultura y el lujo refinado de la Córdoba califal. Señala, y los ojos se le animan, la diferencia entre la gran urbe andaluza frente a la Europa feudal y aldeana que testimonia el viaje de la monja alemana Roswita (s.X). En un momento, detiene su entusiasmo y mirando fijamente a los alumnos, exclama: "al fin y al cabo, como dice García Gómez siguiendo a  Ibn Hanz de Córdoba, casi todos los califas eran rubios, por ser hijos de esclavas indoeuropeas". Después de esta europeización del poder rector de Córdoba, el profesor continúa explicando la perfección de la medicina cordobesa que permite al gordo rey de Castilla Sancho el Craso (hacia el 960), recuperar la virilidad, la silueta y, con una pequeña ayuda militar, el trono perdido en manos de la nobleza rebelde.

LAS TRES ÁFRICAS

Dice Marcel Bataillon que los estatutos ('Constituciones', 1510) de la Universidad de Alcalá de Henares señalaban la necesidad de una cátedra de árabe, pero que jamás fue cubierto el puesto (extrañamente, hay libros que utilizan el dato de la cátedra sin catedrático para hablarnos de una España respetuosa con el Islam). España habla de África, sí, pero vive de espaldas a ella. Mas grave aun, vive ignorando su propio pasado cuando no lo considera una monstruosa anormalidad a sortear.

África empieza en los Pirineos. Existe, pues, un continente africano que penetra en la península (712), que vive durante ocho siglos en ella y que es definitivamente extirpado. Dice el profesor Miquel Barceló que el orientalismo español clásico – y el actual en cierta manera - estudia un objeto que detesta. Esta paranoia se refleja claramente en un libro aportado a principios de siglo por la historiografía gala con el significativo título de Les árabes n'ont jamais envahi l'Espagne (los árabes no invadieron jamás España). Este ensayo limita los árabes invasores a la cohorte de Taiq y Muza, unos cuantos miles que rápidamente debieron fundirse con la población autóctona hispano-goda a la que se debe realmente la magnifica civilización ‘árabe’ sólo por la chilaba pero española de corazón. No hay mejor libro para el hispanismo andalusí.

Los sabios hispanos se mueven doblemente, entre una idealización de este pasado musulmán pero hispano y la hispanización constante de sus protagonistas. Se intenta reducir la importancia del aflujo humano y el contacto con el Oriente al mismo tiempo que se minimiza el número de personas expulsadas sucesivamente hasta la definitiva expulsión final de 1609. Los barrios andalusíes del norte de África recuerdan una realidad olvidada que sólo estudian algunos arabistas.

Es frente a esta segunda África, el sur del Mediterráneo, el norte de un continente, que el español desarrolla una  confusa mitología cuya historia intentamos explicar. La geografía y la imagen no coinciden. Esta invasión de Oriente, fantasmática e inquietante, recorre la costa sur Mediterránea hasta bañarse en el Atlántico y es considerada tanto una presencia de Asia como un error incomprensible e inasimilable. Se trata de una 'cosa' que debía estar muy lejos y que se obstina en colocarse al lado. Se trata de algo antiguo (el mundo islámico siempre es medieval para el europeo) y asiático (su lugar está en la Meca, no a unos cuantos kilómetros de España y más cerca que muchas capitales europeas). Este mundo es un África que no es.

Existe, pues, una tercera África, el continente negro que aparece extrañamente como el único representante legítimo actual de este término. La influencia de un momento filantrópico de Occidente ha calado profundamente en la conciencia española. África recuerda el hambre, los niños cubiertos de moscas y las campañas humanitarias. Es  una realidad lejana y tranquilizadora, que permite esa afirmación casi unánime: "nosotros no somos racistas". Habría que matizar mucho, pero el objeto de este artículo es hablar de la parte cercana del continente separada por el abismo de catorce kilómetros que es un estrecho llamado de Gibraltar.

 LA RELIQUIA DE UNA IMAGEN

Esa línea de separación es nueva y conflictiva. En 1492 se pensaba de una manera diferente. Solo un accidente fortuito desvió todas las energías peninsulares hacia la expansión americana. Marcel Bataillon describe mucho mejor que la historiografía española los preparativos que el regente cardenal Cisneros disponía para la conquista del norte de África. Obispados con nombres fantasmas (pero regentados por personajes bien reales) delineaban los puntos a dominar y evangelizar (eran ya una geografía viva de la expansión que se planeaba).

Una serie de fracasos sucesivos culminaron en la derrota del emperador Carlos V frente a Argel (1541). Una obra de teatro, que cuenta el frustrado ataque, sitúa una disputa entre el duque de Alba y Hernán Cortes en la tienda real, impotentes frente a la ciudad rebelde: un cierto grupo ve como una traición el abandono de este difícil ideal cristiano por el fácil botín americano. El destino de España no se había cumplido, como señala el duque de alba, porque las energías se habían gastado en la empresa de ultramar. En realidad, el norte de África se salvó pasando al protectorado del nuevo imperio islámico, de Turquía, que presiona doblemente en las fronteras austriacas y en el Mediterráneo.

Posteriormente, una España obsesionada por detener la reforma y mantener su hegemonía en Europa, abandonará el frente sur de la cristiandad. Pero, mientras los hechos militares se apagan o entran en una relativa calma, las palabras suben de tono. Esta época es un gran momento de reflexión sobre el "otro", sea éste, 'morisco', 'moro' o 'turco'. En esta construcción, se utilizará como material toda la vieja línea antimusulmana que desde san Juan Damasceno (s.VII) nos habla de los nómadas destructores que siguen al profeta. Los modelos son desarrollados por escritores como Bernardo Pérez de Chinchón en su Antialcorano (1532), Bernardo de Aldrete en Antigüedades de África (1606) o Jaime Bleda en Coronica de los moros (1618). Inútil buscar aquí información sobre África, estudiada totalmente de espaldas a toda realidad. Como toda reflexión sobre "el otro" considerado un enemigo, ésta es una mirada sobre la propia sociedad cristiana y sus particulares fantasmas.

De esta polémica nos queda a los españoles en el lenguaje una serie de reliquias, la mayor parte de ellas pronunciadas sin que se establezca su relación original: la palabra 'Algarabía' durante el siglo XVI pasa de significar 'la lengua árabe' a designar un ruido confuso y molesto, un alboroto callejero, un griterío desagradable; La 'mala leche' proverbial, que actualmente significa tener 'mal carácter', alude a una serie de características transmisibles que llevaría a una prohibición de las nodrizas de origen judío o morisco; finalmente, el término 'zancarrón' se utiliza lo mismo para una pata de vaca que para designar un viejo desagradable y mentiroso por un chistoso juego en torno al profeta Mahoma.

Ciertas rimas fáciles nos podrían explicar grandes reflexiones teóricas que evocan: así, "El oro que cagó el moro" se aplica a una joya sin valor, una moneda falsa, un tesoro engañoso; en el otro campo más reprimido del erotismo el verso "Según la ley de Mahoma, tan maricón es el que da como el que toma" nos lleva a uno de los temas de más éxito en la pesadilla occidental sobre el Oriente y su erotismo viril. Estas dos ‘vulgaridades’ resumen, sin embargo todo el orientalismo español del XVI-XVII – y el europeo del XIX y XX - : el oriente es un lugar sensual y misterioso con un tesoro escondido.

 MIRANDO AFRICA A TRAVES DE EUROPA

En España el final del enfrentamiento con su frontera sur a lo largo del XVII, ha apagado el furor polémico hasta convertir en reliquias lo que sobrevive en la lengua sin conexión directa con la visión de África. Pero, el material aportado no se pierde sino que contribuye a una construcción teórica que el colonialismo europeo se encarga de desarrollar a partir del siglo XIX.

El orientalismo se encuentra muy bien estudiado en su eclosión teórica unida a la expansión europea,  pero sus orígenes quedan oscuros si no se unen a esta reflexión previa. Mientras el libro del fraile Diego de Haedo, Historia y topografía de Argel, es olvidado en la península, se traduce y estudia como Biblia científica en la universidad del Argel francés.

Cuando Probst, instituteur en la Escuela Indígena de Benikalifa (Alger), se inclinó sobre los dibujos que él había recomendado realizar a los niños de las kábilas argelinas, vio que "los musulmanes y los orientales gustan de imaginar unas estilizaciones monstruosas, y que no son dejadas al azar...La deformación es voluntaria...parece confirmar la opinión de trabajo sobre la estética musulmana, establecer incontestablemente la herencia de tendencias a la estilización, a la deformación de la naturaleza". El científico Probst confirma una larga tradición de miradas anteriores a la suya. Muchas de ellas habrán sido españolas desde la Geografía de Marruecos de Mármol Carvajal a los baños de Argel de Cervantes.

Los magros excedentes de un reducido territorio colonial (protectorado del norte de Marruecos) dan razón de la pobreza del orientalismo español frente a las elaboradas concepciones europeas de la que es deudor. Una serie de obras, entre las que destaca el Diario de un testigo de la guerra de África (1860) de Pedro Antonio de Alarcón, bebieron de esta fuente continental. Por una divertida pirueta, volvieron productos teóricos a los que se había contribuido con tesón.

Mirando a Europa, se habla de África. Se practica el mismo doble juego de una admiración engañosa sobre el pasado islámico junto a un desprecio absoluto por su presente. En España, las dos figuras toman como polos opuestos el al‑Andalus califal, al fin y al cabo nacional, y el competidor desleal dentro del marco comunitario en materias de pesca y productos hortofrutícolas. La clase política ignora con desprecio la posibilidad de desarrollo de un gran Magreb que igualará dentro de poco en población a la antigua Europa de los doce.

La apertura de una serie de viajes hacia el sur se ha basado en mitos y temores comunes a todo el continente: exotismo de guía turística, erotismo fácil y viril para ambos sexos, éxtasis vegetal a bajo precio, fanatismo jacobino disfrazado con chilaba...

Mago nigromante, tahúr, augur de males y venturas, el 'moro' ha sido el ser inseparable a la construcción de un ego europeo. La ambigüedad de su imagen, verdadero espejo de feria, le hace agrandar las escapadas del hombre civilizado, en los límites de la razón, hacia la imaginación desbocada o la morbosidad autocomplaciente.  

De las tres Africas, el Magreb es la más cercana y la más lejana al mismo tiempo. España ha utilizado al 'moro' falsamente tanto cuando lo idealizaba como cuando lo hundía en el infierno de los monstruos del subconsciente. Pero, jamás se ha parado a escuchar al 'moro' real que se encontraba a su lado.

 EPILOGO

Cuando Miguel de Cervantes atribuyó la autoría de Don Quijote al sabio árabe Cide Hamete Benengeli (sidi Hamid Berenjena) estaba contando un formidable chiste: quería indicar que una 'trola' semejante solo podía habérsela inventado un moro.

Sería cuestión de imaginar, más allá de las puertas de la razón, una posibilidad tal que mostrando la inexistencia de Cervantes hiciera aparecer al sabio Benengeli como el autor que reflexiona sobre Occidente, sus sueños y pesadillas, en la mejor novela de los tiempos modernos.

Cuando Miguel de Unamuno manifestó su deseo y su pesimismo por un cambio radical del país, lo expresó así: "Somos, aquí en España, una minoría de europeos que tenemos el deber y el derecho de imponernos a una mayoría de berberiscos", Miguel de Unamuno, carta de diciembre de 1901, a José Enrique Rodó.

Y así seguimos.

Este artículo ha sido publicado en alemán :

“Blick auf Afrika – mit dem Rücken zum Kontinent”, Tranvía, Revue der iberischen halbinsel, 8, März 1988, p.5-7. y como capítulo independiente en Felix Hofmann (Hrsg.): Andalusische Ansichten. Lesebuch nicht nur für Reisende. Verlag Jenior und Pressler, Kassel, 1998.

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Materiales de historia es una web de investigación en ciencias sociales basada en trabajos de José María Perceval